Llevar adelante la historia es sostener el aquí y el ahora.
En 1894, el arquitecto de Frankfurt, Paul Wallot, diseñó un edificio neoclásico para el Reichstag del Imperio alemán. Durante el siglo siguiente, este edificio fue testigo de una serie de momentos cruciales en los cambios de rumbo de la historia: el incendio del Reichstag en 1933, que Hitler aprovechó para tomar el poder; la toma de Berlín en 1945 por el Ejército Rojo soviético, cuando se izaron aquí las banderas de la victoria; y la Guerra Fría, durante la cual el edificio se situó en la primera línea de las tensiones entre los gobiernos de Alemania Occidental y Alemania Oriental.
En la década de 1990, cuando el polvo de la historia se asentó, la reunificación de Alemania y el traslado de la capital de la nación nuevamente a Berlín hicieron de la renovación de este edificio políticamente cargado un imperativo urgente.
En 1992, Norman Foster resultó vencedor de un concurso de diseño con 80 arquitectos alemanes. Basado en un profundo conocimiento de la historia y un compromiso con el futuro —donde el Bundestag buscaba superar las cicatrices de su brutal pasado, transformar el edificio en un símbolo de "foro democrático" e impulsar reformas para la accesibilidad y la sostenibilidad—, Foster emprendió oficialmente la restauración de esta estructura devastada por la guerra.